Por: Dorian Ferney Rallón Galvis, CEO de Biofile.
El próximo gobierno recibirá un sistema de salud con deudas acumuladas, pacientes buscando medicamentos, hospitales bajo presión y profesionales agotados. La deuda con prestadores superó los 25 billones de pesos al cierre de 2025, las tutelas en salud llegaron a cerca de 312.500 ese año y el debate público sigue atrapado entre quién administra los recursos y qué reforma debe aprobarse. Pero si la discusión se queda ahí, el país volverá a aplazar una pregunta urgente: ¿cómo hacemos para que el sistema funcione mejor con la capacidad que ya tiene?
Lo planteo desde la ingeniería y desde la salud digital, no desde la política. La crisis no es solo financiera. También es operativa. Una cita médica que empieza desde cero porque la información no aparece, un examen que se repite porque otro prestador no pudo consultarlo, una fórmula que se queda en autorizaciones o un médico que pasa más tiempo escribiendo datos en una pantalla que mirando al paciente son señales del mismo problema: el sistema todavía no usa sus datos como debería.
Colombia no va a duplicar de la noche a la mañana su talento humano en salud. Según el Panorama de la Salud 2025 de la OCDE, el país tiene 2,5 médicos y 1,6 enfermeras por cada 1.000 habitantes, frente a promedios de 3,9 y 9,2. Formar especialistas toma años. Por eso, además de formar más talento, el país necesita proteger el tiempo, la salud mental y el bienestar de quienes ya atienden. Un médico agotado, atrapado entre pantallas y trámites, también es una alerta para la calidad.
Ahí la tecnología deja de ser una promesa futurista y se convierte en una herramienta concreta. En 2026 ya no hablamos del futuro que imaginábamos, sino de una realidad disponible: inteligencia artificial para reducir tareas repetitivas, analítica para identificar fallas operativas, interoperabilidad para que la información clínica viaje con el paciente y tableros que permitan ver dónde se rompe la atención antes de que el ciudadano termine en una tutela.
El futuro ya llegó, falta operarlo
Desde el 15 de abril de 2026, Colombia entró en una etapa decisiva con la interoperabilidad de la historia clínica electrónica, bajo la Ley 2015 de 2020 y la Resolución 1888 de 2025. Con corte al 10 de junio, el tablero nacional de IHCE registraba 8.463.321 Resúmenes Digitales de Atención, 2.979.047 pacientes, 288 municipios con registros, 789 prestadores con reporte y 2.637 sedes conectadas. En palabras simples: más de 8,4 millones de historias clínicas empezaron a moverse con las personas.
Ese avance no debe leerse como un trámite tecnológico, sino como una oportunidad de política pública. Si un paciente llega a urgencias, su información clínica relevante debería estar disponible sin obligarlo a contar otra vez, en medio del dolor, qué enfermedades tiene, qué medicamentos toma o qué procedimientos le hicieron. Si cambia de ciudad, institución o médico, el sistema no debería tratarlo como desconocido. Si ya se ordenó un examen, una fórmula o un procedimiento, esa información debería servir para evitar duplicidades, alertar riesgos y mejorar decisiones.
Lo mismo aplica para los medicamentos. La tecnología no fabrica moléculas ni reemplaza la financiación que falta, pero sí puede ayudar a anticipar demanda, detectar cuellos de botella, cruzar prescripciones con entregas reales y auditar dónde se queda un tratamiento. Muchas veces el problema no es únicamente escasez: es una cadena mal coordinada, con información fragmentada y poca capacidad de reacción.
Por eso el próximo gobierno debería asumir una hoja de ruta digital en sus primeros 100 días. No como discurso de innovación, sino como gestión básica del sistema: metas públicas de conexión para prestadores, medición mensual del uso real de la historia clínica interoperable, prioridad para urgencias y medicamentos, notas clínicas asistidas por voz, analítica predictiva para fallas operativas y auditoría basada en datos.
Hay límites innegociables. La salud no puede depender de asistentes de consumo capaces de inventar una norma, una dosis o una respuesta. La inteligencia artificial en medicina debe operar con fuentes verificadas, trazabilidad, seguridad, privacidad y decisión humana. La tecnología debe ayudar al criterio clínico, no reemplazarlo.
La salud colombiana necesita recursos y reformas, pero también necesita dejar de desperdiciar tiempo, datos y talento. La tecnología no llegó a deshumanizar la atención. Llegó, si la usamos bien, a aliviar cargas, cuidar mejor a quienes cuidan y devolverle al médico tiempo para mirar al paciente a la cara.